Dios, a través de su Palabra nos enseña en repetidas ocasiones la importancia de la oración, de acudir en busca de Él y pasar tiempo en su presencia. Es a través de los tiempos que pasamos con el Señor que Él nos da la oportunidad de compartir todos los aspectos de nuestra vida ante su presencia. Buscar al Señor a través de la oración y la lectura de la Palabra es algo que no es opcional para aquel que ha depositado su confianza en la obra de Cristo, sino es algo meramente necesario e importante.
Sin embargo, dentro una sociedad siempre activa y ocupada, el creyente, tiene que mantenerse en una lucha constantemente por no descuidar sus tiempos de intimidad con el Señor. Por no dejar que las actividades diarias consuman todo su tiempo, todas sus energías, y su deseo por estar en comunión con aquel quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder. Por no dejar que las cosas «urgentes» sustituyan a las cosas importantes.
Aun dentro de la iglesia podríamos estar llenos de actividades y servicios que podríamos caer en la tentación de desplazar esos tiempos con el Señor por actividades ministeriales o algún servicio en general. No estoy tratando de decir que hagamos a un lado todo servicio, sino que tengamos un orden en cuanto a las cosas del Señor. Toda obra, todo servicio, toda predicación debe de brotar de un corazón que ha estado con su Señor, que ha visto la hermosura de su Dios y se ha llenado del Señor mismo y del deseo de que Su nombre sea glorificado.
Toda obra, todo servicio, toda predicación debe de brotar de un corazón que ha estado con su Señor, que ha visto la hermosura de su Dios y se ha llenado del Señor mismo y del deseo de que Su nombre sea glorificado.
En ocasiones, podríamos estar sirviendo o predicando de Cristo sin necesariamente haber estado con Él, sin haber estado deleitándonos en su presencia haciendo todas las actividades y todos los pendientes a un lado y, sólo estar a los pies del Maestro disfrutando de sus enseñanzas, de su carácter, simplemente disfrutando de Él mismo.
Es importante que constantemente hagamos un alto para meditar en cómo está mi relación con el Señor. Y nos preguntemos, ¿Cuánto tiempo estoy pasando a sus pies? ¿Cuánto tiempo paso en la “cosa necesaria” que enseñó Jesús? No me refiero al tiempo que designamos a algún ministerio o a la preparación de un sermón. Hablo del tiempo para sentarme a sus pies simplemente para adorarlo.
¿Cuál es mi actitud y motivación al acercarme a Su Palabra? Si lo hago con el mero objetivo de preparar un mensaje, o por el simple hecho de cumplir con la lectura, nos estamos perdiendo de lo más importante; conocer y tener comunión con nuestro Dios. Nos perdemos de disfrutar a Dios como Padre mientras nos consuela, nos instruye, nos corrige, nos alienta y nos recuerda que hemos sido adquiridos a precio de sangre.
Muy frecuentemente, perdemos de vista nuestra inmensa necesidad del Señor, y de la necesidad que tenemos de buscarlo constantemente. Si fuésemos más conscientes de nuestra necesidad espiritual, de las necesidades en nuestras familias, en nuestra iglesia, de nuestros hermanos sobrarían motivos para estar constantemente elevando nuestras oraciones y buscando el favor del Señor.
Al inspeccionar la falta de oración en algunos momentos de mi vida puedo notar que la falta de oración es un reflejo del orgullo que hay mi corazón, de la suficiencia que siento de mí mismo. Cuando no pido ayuda en oración y no acudo a buscar el favor de Dios para cierta situación en mi vida, inconscientemente le estoy diciendo al Señor que yo puedo hacerlo sólo, que no requiero de su ayuda. Curiosamente la forma para luchar contra ese orgullo y esa autosuficiencia es entregarnos en oración al Señor, depender completamente de Él, someter nuestras debilidades y encontrar su gracia para la ayuda oportuna.
No necesitamos alguna otra motivación para buscar con más fervor al Señor que recordar que el mismo Creador de todo el universo, el Dios infinito, Jesucristo el Alfa y Omega vino a padecer por nuestra iniquidad, derramando cada gota de sangre por nuestro pecado y así permitirnos acercar al Dios infinitamente Santo. ¡Qué locura! El Dios Eterno entregando su vida para que yo pueda tener comunión con Él.
¡Oh Señor!
En oración yo me lanzo lejos, en el mundo eterno, y en este gran océano,
el alma mía triunfa sobre todos los males, en las orillas de la mortalidad.
El tiempo con sus diversiones alegres y decepciones crueles
nunca parecen tan desconsideradas como en esta ocasión.
En oración me veo como nada; Encuentro mi corazón
buscándote con intensidad y anhelo con sed vehemente vivir para Ti.
Benditos sean los fuertes vientos del Espíritu Santo que en mí apresuran,
mi camino hacia la Nueva Jerusalén.
En oración, todas las cosas aquí abajo se desvanecen, y nada parece importante,
sino solamente la santidad del corazón y la salvación de los demás.
En oración todas mis preocupaciones mundanas, miedos, angustias,
desaparecen, y son de tan poca importancia como un soplo de viento.
En oración, mi alma se regocija interiormente con pensamientos vivificados
como los que Tú estás haciendo para Tu iglesia, y yo ansío que Tú obtengas
un grandioso nombre de los pecadores que vuelven a Sion.
En oración yo soy elevado por encima de los ceños fruncidos y lisonjas de la vida,
y saboreo las alegrías celestiales; entrando en el mundo eterno yo puedo
entregarme a Ti con todo mi corazón, para ser Tuyo para siempre.
En oración yo puedo colocar todas mis preocupaciones en Tus manos,
y estar a Tu entera disposición, no teniendo ninguna voluntad o interés propio.
En oración yo puedo interceder por mis amigos, ministros, pecadores, iglesia,
Tu Reino venidero, con mayor libertad, esperanzas ardientes, como un hijo a su padre,
como alguien que ama a su amado.
Ayúdame a estar siempre en oración y nunca dejar de orar.
– El Valle de la Visión, Oraciones Puritanas