“Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad…” (Isaías 57:15a RVR1960)
¡Que descripción tan impresionante de Dios! Él está en lo alto, su grandeza es inalcanzable. Para al menos darnos una pequeña idea de la magnitud del carácter santo de Dios basta con observar la respuesta de Isaías cundo tuvo la visión celestial: «¡Ay de mí, que estoy perdido…» (Isaías 6:5 NVI) ¿Por qué reaccionó así si él era un profeta, y probablemente uno de los hombres más santos de Israel? Un predicador describió a Isaías como un faro de luz, pero después añadió: ¿Qué es un faro de luz delante del sol? En comparación con la perfección de Dios, la persona más “piadosa” descubrirá una inmensa brecha entre su condición y el carácter de Dios. La santidad describe su excelencia y perfección, pero también nos habla que no hay nada más incompatible que Dios y la impureza.
¿Quién puede entonces estar delante de Él? ¿Quién puede acercarse a un Dios tan inaccesible para los pecadores? La segunda parte del pasaje inicial revela algo impresionante: «…y (habito) con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.» (Isaías 57:15b RVR1960)
¿Cómo es posible que el Alto y Sublime habite también con los humildes y quebrantados? ¿Cómo alguien tan alto puede de pronto encontrarse tan abajo? Esta unión aparentemente inconcebible, sólo puede ser posible mediante la persona de Jesús. ¡Isaías lo está describiendo a Él! ¡Cristo hizo posible la unión entre la perfección de Dios y la humanidad corrompida!
¡Cristo hizo posible la unión entre la perfección de Dios y la humanidad corrompida!
Él tenía todo el derecho de permanecer alejado de nosotros, pero nuestro Dios es rico en misericordia, y manifiesta su bondad enviando al único que podía juntar a dos polos completamente opuestos. Efesios 2:18 enseña que por medio de Jesús tenemos entrada al Padre. Esto quiere decir que rechazar a Jesús, es rechazar el barco que puede llevarte de la isla de la miseria hasta el paraíso de gozo y esperanza.
Esto nos ayuda a entender porque el ministerio de Jesús impactó particularmente a los de “más abajo”. Prostitutas, publicanos, marginados, fueron trasladados de la densa oscuridad a la luz que nunca se apaga. Un corazón quebrantado es un corazón arrepentido, y un corazón arrepentido es un corazón en las manos de Dios.
En Génesis leemos que hombres con el afán precisamente de llegar a el Alto y Sublime levantaron la torre de Babel. Hoy hombres que están abajo, en orgullo quieren llegar allá arriba construyendo una “torre de buenas obras”. El fin será el mismo, todo intento culminará en decepción y frustración. Solo a través de Cristo es que tenemos acceso al Padre y a los lugares celestiales.
Él hombre será incapaz de alcanzar con méritos el acceso a la gloriosa santidad inaccesible. Por eso Dios humildemente, descendió a la tierra para otorgarnos este precioso privilegio de comunión. Jesús pagó el precio de nuestra cercanía con su sangre preciosa. Ahora cuando leas: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia…» (Hebreos 4:16 RVR1960), no pienses en algo común. ¡Qué! ¿En serio? ¿Acercarme? ¿Confiadamente? ¡Gracias Padre por habitar por medio de Cristo con el quebrantado y humilde de corazón!